El primer destello
Un viernes 6 de Diciembre de 1980, cuando se cumplía el segundo aniversario de la Constitución Española de 1978, un joven madrileño de dieciocho años se ponía por primera vez el casco para competir en su primer rallye, el Shalymar, una prueba que tomó su nombre de la discoteca de Las Matas propiedad del organizador, José Alberto Dorsch que comenzó a celebrarse en 1969 y se había ido convirtiendo con los años en el perfecto fin de fiesta para el “mundillo” de los rallyes, tanto en Madrid como a nivel nacional.

Ese joven que se había sacado el carné de conducir apenas unos meses antes se llamaba Carlos Sainz, e iba a debutar por fin en un rallye después de haber seguido desde la barrera las andanzas de su hermano mayor, Antonio, y, sobre todo, de su cuñado Juan Carlos Oñoro, al que había acompañado a menudo en las jornadas de reconocimientos desde el asiento trasero.

Pero por fin había llegado su turno, y, aunque en casa no acogieron la idea demasiado bien, Carlos se lanzó a la aventura al volante del Renault 5 TS que su padre le había comprado, no para correr rallyes, sino para ir a la Universidad San Pablo CEU, donde se encontraba estudiando la carrera de Derecho. Con más ilusión que medios, Sainz vendió su moto para obtener algo de financiación, y consiguió el patrocinio de Burguer Bravo´s, una conocida cadena de hamburgueserías en la que trabajaba dentro del departamento de márketing Junajo Lacalle, copiloto de Juan Carlos Oñoro que se vio en la obligación de cumplir la promesa que le había hecho a Carlos unos años atrás: “Cuando corras un rallye iré contigo de copiloto”.
Después de pasarse las tardes en el taller de unos amigos preparando en la medida de lo posible el coche, al que apenas añadieron las barras antivuelco, un volante de competición (en aquella época era muy típico cambiar el que venía de fábrica por otro más atractivo), pastillas de freno Ferodo, amortiguadores de tarado más duro, la malla trasera para los cascos, el flexo para el copiloto y unos cuantos faros Cibié; allí se plantaron los dos el viernes por la tarde en la ceremonia de salida celebrada en el Paseo de Camoens del madrileño Parque del Oeste, con un Renault 5 TS rojo con asientos, neumáticos y llantas de serie, el número 78 y los nombres junto al grupo sanguíneo en las puertas, la publicidad de Burguer Bravo´s en el frontal y las aletas trasera, y el maletero lleno de ilusiones antes de vivir el debut que Carlos había soñado durante tantos años.

Por delante les esperaba una noche toledana con temperaturas muy frías y un rutómetro de quinientos kilómetros (135 cronometrados) que prácticamente daba la vuelta entera a todos los tramos de las zonas norte y suroeste de la Comunidad de Madrid: la Silla de Felipe II (una subida que se celebraba en El Escorial, y en la que Carlos acabaría quinto de nuevo con el Renault 5TS unos meses más tarde de su debut en competición), Valdemaqueda, Hoyo-Cebreros (una zona por la que Sainz tiene ahora una finca), Arrebatacapas, Las Navas del Marqués, Las Lanchas, El Espinar, Hoyo de Manzanares, Colmenar Viejo-Guadalix de la Sierra (en ambos sentidos), La Cabrera, El Berrueco, Navalafuente y El Vellón.
La meta del rallye estaba situada en la discoteca Boite El Gaucho (kilómetro 17 de la Carretera de la Coruña). Allí llegó como ganador Jorge de Bagratión, que se impuso por cuarta ocasión –ganaría también al año siguiente- al volante de su espectacular Lancia Estratos con la que posteriormente se convertiría en su mujer, Nuria Llopis (fallecida recientemente) en el asiento de la derecha (en 1977, durante el II Criterium Pub 6 Peniques-Trofeo Luis de Baviera, había perdido la vida su hasta entonces navegante Manolo Barbeito en un accidente sufrido en el tramo de “La Hidroeléctrica”, al suroeste de Madrid, cuando estaban tratando de alcanzar al Seat 1430 “FU” de Zanini). La segunda posición fue para el Estratos de Isidro Oliveras, seguido del Fiat 131 Abarth del asturiano José Antonio López-Fombona y del Seat 124 2000 del periodista “Rizos” Muñoz.
Por su parte, Sainz, bien asesorado por Lacalle, con quien se alternó al volante en algunos momentos, fue capaz de calmar el ímpetu propio de la juventud para llegar al final del rallye en una extraordinaria 23ª posición scratch y como segundos clasificados en su categoría después de un rallye que no era precisamente el más favorable para un debutante, con la nieve y las placas de hielo haciendo acto de presencia en los tramos.
En aquel Rallye Shalymar, durante una fría noche del mes de Noviembre de 1980, se escribieron los primeros renglones de una carrera que acabaría convirtiendo a Sainz en el mejor piloto español de todos los tiempos.
OPINIÓN (Nacho Villarín)
En la época del debut de Carlos Sainz los rallyes madrileños vivían su época dorada. El mundo del motor en la zona centro atravesaba sus mejores años, con el Circuito del Jarama como referente, un importante número de carreras, e incluso alguna publicación especializada en la competición regional. Eran años en los que las cunetas se llenaban de aficionados que pasaban la noche en vela entre termos de café, humo de cigarrillos, tazas de caldo, mantas y chaquetones de piel vuelta con los que combatían el frío, escuchando las informaciones que radiaba Antonio Herrero, yendo de tramo a tramo con sus utilitarios, a los que acoplaban escapes Iresa, llantas Braid o Targa, focos Cibié o Hella, pomos de aluminio, volantes Momo o Ranz,… que adquirían en las numerosas tiendas de repuestos que había en aquellos años.
Aunque no viví esa época en primera persona, conozco detalles y anécdotas de aquellos años a través de las batallitas que me ha contado mi padre: el Fu y el Ferrari de Zanini, el Stratos de Jorge de Bagratión, el espectacular “culogordo” del teniente Ortiz, los Porsche Rothmans de Beny, Etchebers y Piñeiro, la bravura de “Peitos”, la rapidez de un jovencísimo Carlos Sainz con el Seat Panda Gr.2… Aunque por exigencias de los estudios y la economía no pudo colmar sus aspiraciones de correr algún rallye, mi padre empezó a aficionarse a este deporte de la mano de un amigo suyo que corría con un Seat 127. Más adelante, a principios de los ochenta estuvo haciendo junto a mi madre las labores de coche de asistencia, con una emisora y un par de juegos de neumáticos en el maletero, para su cuñado, mi tío “Albertito” (q.e.p.d.), que, como muchos jóvenes de entonces, empezó a correr los rallyes de la zona centro con su utilitario, un Renault 5 TS que preparaba y reparaba él mismo, hasta que un árbol del tramo La Cabrera-Torrelaguna puso fin a su carrera rallística y le hizo orientarse hacia el karting.
Eran años en los que la industria automovilística estaba en auge, y apenas eran necesarias unas barras antivuelco, un escape y un par de cascos para lanzarse a la aventura de correr y pasárselo bien. Eran otros tiempos, era otra época, eran otros rallyes…

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