La primera faena del MATADOR

La primera faena del MATADOR




Escrito por: Nacho Villarin | Fotografia Compartir: Bookmark and Share

Cuando los toreros triunfan dan la vuelta al ruedo entre vítores y aplausos del público. Carlos Sainz no se doctoró ni en Las Ventas ni en la Maestranza, pero un día 6 de Junio de hace veinte años se subió por primera vez a lo más alto de un podio mundialista en el Rallye Acrópolis. Su primera “faena” la realizó a los pies del Partenón llevándose las dos orejas y el rabo.

La primera faena del "MATADOR"


Corría el mes de Junio de 1990 cuando la caravana del Mundial de Rallyes se desplazó hasta la histórica ciudad de Atenas para disputar la quinta cita del campeonato: el Rallye Acrópolis, un verdadero desafío para pilotos y máquinas por el asfixiante calor y la dureza de sus tramos.


Sainz afrontaba la prueba helena como segundo clasificado en la general del campeonato por detrás del francés de Lancia Didier Auriol. El madrileño había empezado la temporada subiendo al segundo peldaño del podio en Montecarlo precisamente por detrás de “Dudu”, para luego tener que abandonar en Portugal por culpa de un problema en la transmisión. En el Safari de Kenia, sin el galo en la línea de salida, Sainz había sido cuarto, y en los tramos de asfalto del Rallye de Córcega mantuvo un incesante duelo con el francés hasta que un encontronazo con el coche de un espectador y problemas con los neumáticos le hicieron conformarse una vez más con la segunda plaza, de nuevo a espaldas del francés, con el que ya se había visto las caras dos años antes durante su etapa en el equipo Ford.
 

La ansiada victoria obsesionaba al piloto español, que había estado a punto de alcanzar la gloria el año anterior en el Rallye 1000 Lagos y, sobre todo, en el RAC de Gran Bretaña, donde perdió el triunfo a tres tramos del final. Con estos antecedentes, Sainz era consciente de que debía materializar su sueño cuanto antes, y las pedregosas pistas griegas podrían suponer un buen escenario para conseguirlo.


En busca del triunfo
El domingo 3 de Junio daba comienzo el 37º Rallye Acrópolis con nada menos que 593,17 kilómetros cronometrados de sufrimiento divididos en 48 especiales –dos fueron anuladas-, algunas de ellas verdaderos infiernos como los treinta kilómetros del decisivo Tarzán. Los primeros en tomar el mando eran Kenneth Eriksson, Markku Alen y Mikael Ericsson, pero la dureza de la carrera pronto comenzó a cobrarse importantes víctimas, como Ari Vatanen, por salida de carretera, Markku Alen, con problemas en el propulsor de su Subaru Legacy, o el francés Didier Auriol, que rompía el cárter de su Lancia Delta Integrale.



Así, la carrera pasaba a ser un mano a mano entre Sainz y Kankkunen, un duelo entre la juventud de un piloto que afrontaba su segunda temporada como oficial de un equipo del Mundial y la experiencia de otro que acumulaba ya dos Campeonatos del Mundo a sus espaldas, entre el Toyota Celica y el poderoso Lancia Delta, entre un español y un finlandés, entre David y Goliat…
Carlos había liderado el rallye en el tramo cuatro para luego recuperar el primer puesto en la novena especial y llegar a Lagonissi como líder al término de la segunda jornada, en la que habían estado a punto de perder el triunfo al romperse la dirección asistida en el sexto tramo del día (Aghia Sotira) y no contar con una servodirección de repuesto; pero Moya, pese a la postura reticente del ingeniero, decidió asumir toda la responsabilidad y enviar a un mecánico en helicóptero a recoger la pieza para que volviera a la asistencia y reparara la avería sin penalizar, como finalmente ocurrió.



Gracias a eso pudieron mantener su posición al día siguiente, alcanzando como líderes la meta de la penúltima etapa situada en el precioso y mítico enclave de Delfos, cerca del mar Jónico. Allí se encuentra el “Tesoro de los Atenienses”, pero para Carlos ya era un auténtico lujo encontrarse en cabeza de un rallye del Mundial a falta de una etapa para la conclusión, con Kankkunen detrás a 43” de distancia.


Final de infarto
Sólo quedaban los trece tramos y 189 kilómetros cronometrados de la última etapa para que el sueño se hiciera realidad. Kankkunen no se daba por vencido y recortaba en diez segundos la distancia respecto a Sainz antes de acometer los temidos treinta kilómetros del tramo de Tarzán, donde realmente se iba a decidir el rallye con todas las asistencias de los equipos expectantes en la llegada de la especial. Juha le comía a Carlos otros nueve segundos que le dejaban a 24” del español cinco tramos antes de la conclusión; y es que los neumáticos del madrileño habían quedado destrozados porque un mecánico se había equivocado, poniéndole al Toyota de Sainz un juego de gomas blandas que habían sido destinadas para su compañero Ericsson, en lugar de un compuesto más duro y resistente.      
 

Carlos veía con temor cómo su primer triunfo se le podía volver a escapar a poco del final, cómo la pesadilla se podía volver a repetir, cómo el sueño corría el peligro de disiparse… Pero ya por aquel entonces el madrileño contaba con ese afán de superación y esa fuerza mental innatas que siempre le han caracterizado en el terreno humano y deportivo. Como no podía ser de otra manera, Sainz se rehízo, se vino arriba, y, en los 22,2 kilómetros de la especial de Gardiki dio el “do” de pecho, endosando siete segundos a un Kankkunen que vio cómo ese españolito que había fichado por Toyota la temporada anterior conseguía la primera victoria de una prolífica y dilatada carrera en el Mundial de Rallyes.


Vuelta al ruedo
Por fin, Carlos y Luis pudieron coronarse apenas un año y medio después de haber iniciado su andadura mundialista en el seno de un equipo oficial. El mundo de los rallyes dejó de ser un deporte desconocido en nuestro país, y el himno de España sonó por primera vez en el campeonato provocando la emoción en la pareja española, que recibió la corona de laurel a los pies del Partenón colocando la primera piedra de un estereóbato (escalera en la arquitectura clásica griega) que les llevaría a convertirse en los mejores pilotos de la Historia del Mundial.