El Sol italiano empezaba a templar la mañana de primavera en Cerdeña cuando Jari-Matti Latvala escuchaba a través de los interfonos la cuenta atrás de su copiloto. Unos segundos después el semáforo se ponía en verde y el finlandés comenzaba entonces a engranar con ímpetu las marchas de su Ford Fiesta RS WRC, a mover de costado su coche con el estilo que le caracteriza sobre unas estrecha carretera coloreada de arena y flanqueada por muros y guardarraíles con vistas a las cristalinas aguas del Mediterráneo. El finlandés llegaba con muchas ganas a los tramos sardos, dispuesto a repetir el triunfo que consiguió en esta isla hace dos años, deseando olvidar la indigesta sobremesa de Portugal... Pero un error de su acompañante le ha arrojado a la cuneta a las primeras de cambio.
El copiloto encarna la figura de la persona que se mantiene siempre en un segundo plano, a la sombra del piloto, controlando todo desde el silencio y la meticulosidad del que vela por tenerlo todo bajo control. Como dicen quienes saben lo que es éso de ir sentado en el bacquet derecho describiendo la carretera a una persona a la que confían su existencia, un copiloto no puede hacer que se gane un rallye, pero sí es muy fácil que lo pierda. Y esta vez le ha tocado cumplir el tópico a Miikka Anttila. Apenas tres kilómetros después de tomar la salida en el primer tramo del rallye, poco antes de afrontar una curva rápida de izquierdas que se cerraba a la salida, el navegante de Latvala ha cantado mal la nota a su piloto, que ha frenado demasiado tarde viéndose incapaz de evitar que el coche se saliera a la hierba y volcase... Anttila ha entonado el mea culpa en cuanto las cuatro ruedas han tocado de nuevo tierra firme consciente de que su fallo les ha costado el rallye; exigencias de un profesional con tintes de prestidigitador al que el piloto deposita toda su confianza.