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Las calles de Haguenau, la localidad alsaciana que le vio nacer a finales de febrero de 1974, eran un hervidero de público. Todos sus paisanos, el boulanger, la quiosquera, aguardaban su paso con una sonrisa de satisfacción. Un chico del pueblo que empezó a competir en gimnasia cuando era pequeño convertido ahora en el piloto de rallyes con mejor palmarés de la Historia. Quién nos lo iba a decir... debían pensar aquellos que le vieron crecer desde crío. Miles de seguidores, todo confianza y fidelidad, deseaban volver a contemplar la llegada victoriosa de su ídolo, pulsaban bocinas, agitaban banderas y pancartas en su honor. "Loeb, el mejor de todos los tiempos", se podía leer en una de ellas, mostrando un eslógan que podría suscitar las críticas de los más puristas.
A eso de las 15h de una húmeda tarde otoñal de cielo gris, llegó el gran momento. Seb levantando rueda en cada frenada, derrapando con su DS3 WRC entre los muros de hormigón que delimitaban el circuito urbano trazado en su localidad natal por y para él, en su honor. El alsaciano subiendo y bajando marchas, obnubilado ante semejante homenaje, con un halo acuoso en sus ojos azules propio de alguien que está viviendo en primera persona algo muy parecido a un sueño... Aunque el refrán proclame que uno nunca es profeta en su tierra, qué bien saben los éxitos en casa de uno, rodeado de tu gente.
Últimos metros. Salvas, gritos de ánimo, puños en alto, voces coreando su nombre... Y la meta. Objetivo conseguido. Frenazo. Primera. Una mirada de reojo a Daniel Elena con una sonrisa ladeada en el rostro, choque de manos con el inseparable compañero que va siempre sentado a su derecha, un gesto ya casi instintivo para ellos (no en vano, lo han repetido ya al menos 75 veces). Y, de pronto, una marea humana dividiéndose en dos frente a ellos, como hacían los ejércitos medievales ante el caballo del capitán, para abrirles paso.
Mientras, en la asistencia, los abrazos, las sonrisas, las expresiones de júbilo con acento francés se sucedían en el cuartel general de su equipo. Entre móviles, ordenadores, emisoras, tabletas, cronómetros.... decenas de hombres y mujeres vestidos de rojo Citroën saboreban la felicidad, el éxtasis que provoca el triunfo, la plácida sensación del trabajo bien hecho, mientras, en una pantalla gigante, aparecían Loeb y Elena subidos al techo de su DS3 WRC, con los brazos mirando hacia el cielo, ante la atenta mirada de cientos de ojos y flashes que pretendían retener un momento histórico como ese en sus obturadores y en la memoria. Un hombre que ha sido capaz de ganar el Mundial de Rallyes nueve años seguidos no se contempla todos los días...
Después, el momento más emotivo, el beso a su mujer y a su niña, los abrazos con sus familiares, seres queridos, aquellos que conocen mejor que nadie la trayectoria vital y la faceta más íntima de este talento natural del automovilismo, un Campeonísimo, con aura de timidez y modestia, que, tal vez, hasta que no se retire y pueda analizar su carrera profesional desde la distancia que aporta el tiempo, no asumirá la sobredosis de éxitos que ha dejado escrita en los libros de historia.
Y, para completar una cabalgata triunfal inolvidable, por último, el regreso a su asistencia, con los suyos. Allí, sus ingenieros, sus mecánicos, esos que ponen en sus manos la maquinaria perfecta que le permite exprimir su talento; sus jefes, Yves Matton, Frédéric Banzet, Marie-Pierre Rossi, también Guy Frequelin, el hombre que decidió apostar decididamente por ese muchacho procedente del Volant francés que evolucionaba tan deprisa... lo esperaban a él y a Elena con los brazos abiertos y la alegría dibujada en sus rostros. Onomatopeyas, sonrisas, gorras conmemorativas de su noveno título sobre las cabezas de todos, botellas de champán descorchadas al unísono, confetis rojos y plateados volando por los aires, relumbrando entre las antorchas de los flahes de las cámaras... Éxtasis frances. Delirio de Citroën y Loeb. La vie en rouge... Félicitations, monsieur, Seb.